El derecho a la educación de las personas desplazadas no puede quedar atrás

El derecho a la educación de las personas desplazadas no puede quedar atrás

La guerra y el desplazamiento destruyen repetidamente el derecho de las personas a la educación. De la noche a la mañana, las familias forzadas a dejar sus comunidades ven como sus hijos quedan fuera de la escuela. De pronto, la etiqueta de estudiante se ve remplazada por la etiqueta de persona internamente desplazada o refugiado, dependiendo de si cruzan una frontera. Los muy ‘afortunados’ pueden regresar a la escuela al cabo de unas semanas o meses. Sin embargo, para millones de personas que viven en un desplazamiento prolongado en países como la República Democrática del Congo, Burundi, Somalia y Etiopía, éste no siempre es el caso. Su derecho a la educación a menudo se ve interrumpido y pospuesto indefinidamente.

La realidad sobre el terreno en estos contextos sugiere que los gobiernos y la comunidad internacional en general asumen implícitamente que el derecho a la educación de las personas desplazadas puede esperar hasta que se supere la emergencia humanitaria. Sin embargo, el derecho a la educación de las personas no puede esperar. Colocando la educación en espera, nuestras sociedades no sólo condenan a las personas desplazadas a vivir en una pobreza intergeneracional, sino que además se pierden sus talentos.

Junto a estas crisis humanitarias duraderas, el COVID-19 está empeorando las oportunidades de las personas desplazadas a disfrutar de su derecho a la educación. Las organizaciones humanitarias han comenzado a presionar a los gobiernos para obtener una respuesta inmediata para evitar una catástrofe humanitaria. La presión sobre los gobiernos ha ido en aumento desde que los medios internacionales publicaran el hecho de que más de ciento cuarenta refugiados dieron positivo en dos campos de refugiados en el corazón de Europa (Ritsona y Malakasa, en Grecia) y algunos gobiernos se han negado a tramitar solicitudes de asilo de niños no acompañados[1].

Resulta razonable que se tomen acciones urgentes para garantizar la seguridad de los millones de personas desplazadas y refugiados que viven en campos de refugiados o en emplazamientos de acogida deficientemente improvisados. En el momento en que escribo estas líneas, se ha reportado el primer caso de coronavirus en un campo de refugiados de palestinos en Líbano donde, como en la mayoría de campos de concentración, las políticas de lavado de manos y distanciamiento social no pueden observarse, en gran medida debido a que sus ocupantes no pueden permitirse agua corriente, jabón o habitaciones separadas.

Nadie sabe lo que deparará el futuro para todos nosotros, pero lo que sí parece muy claro es que la pandemia no debe utilizarse como excusa adicional para seguir dejando atrás el derecho a la educación de las personas desplazadas. Los países deben invertir en la protección efectiva de los derechos sociales de sus ciudadanos en todo momento, incluyendo la educación. Además, no deben olvidar que la ayuda internacional no es sólo una obligación moral, sino legal bajo la ley internacional de derechos humanos. No debemos olvidar por un segundo que las personas migrantes y desplazadas y las solicitantes de asilo son seres humanos que merecen las mismas oportunidades que merecemos todos nosotros. Cada día que niños, jóvenes y adultos esperan una oportunidad educativa, es una pérdida de talento; el talento que necesitamos para funcionar como sociedad en nuestra vida diaria y el talento que necesitamos ahora urgentemente para cuidar a los pacientes de los hospitales y en el hogar, debido a la emergencia del COVID-19.

Dejar atrás el derecho a la educación de personas migrantes y desplazadas está costando vidas ahora y probablemente costará más vidas en el futuro si los gobiernos y la comunidad internacional no los apoyan para que desarrollen sus talentos y habilidades. Los gobiernos deben pensar dos veces en el talento que están desperdiciando por no procesar solicitudes de asilo de personas con un amplio abanico de habilidades, incluyendo doctores y personal de enfermería que tan necesitados son ahora que la mayoría de países se enfrenta a una escasez de personal sanitario.

No debemos olvidar que un migrante o un refugiado puede suponer nuestra principal fuente de apoyo e incluso puede ser la persona que salve nuestra vida, y que cualquiera de nosotros podría ser un migrante o un refugiado en el futuro. Si se da la bienvenida a la sociedad a personas migrantes y desplazadas, éstas se asientan y obtienen las oportunidades que todos merecemos, podremos ver más casos como el de la enfermera Jenny McGee, de Invercargill, Nueva Zelanda, y el de Luis Pitarma, de Londres oeste pero originario de Portugal, que ayudó a salvar la vida del Primer Ministro de Reino Unido cuando luchaba contra el coronavirus. Hay miles de personas como Jenny y Luis en todas partes, esperando una oportunidad educativa ahora, con la esperanza de contribuir a sus sociedades en el futuro próximo.

La educación es una puerta abierta a infinitas oportunidades y es en interés de los gobiernos, la comunidad internacional de ayuda, y en el de todos nosotros, abrir esta puerta a personas migrantes y desplazadas. Esta pandemia puede suponer una oportunidad única para superar la percepción de las personas migrantes y desplazadas como una ‘enfermedad’ y comenzar a verlos como parte de la ‘cura’.

Por Luis Eduardo Pérez Murcia

[1] Véase https://www.aljazeera.com/news/2020/04/greece-148-refugees-test-positive-covid-19-asymptomatic-200421134039733.html y https://www.theguardian.com/world/2020/apr/12/patel-refuses-to-take-children-from-greek-camps-threatened-by-covid-19.



Deja una respuesta